lunes, 30 de marzo de 2015

La pausa que refresca

Amigos, le doy al pause esta semana al blog. Vamos a pasar unos días en casa de mis papis, en el sur, en el campito... ¡Qué ganas tengo, mareeee!

A la vuelta más posts (de risas y de cosas de mayores también) y alguna sorpresilla que tengo preparada (no es nada enorme... sólo es una chorradilla que se me ha ocurrido).

Tengo muchas ganas de estar con Migordi y Mimaromo sin horarios, sin "conciliar", con buen tiempo y sitio para que el peque haga el cabra libremente... ¡Viva!

¡Un besote de madre en modo vacaciones!

lunes, 23 de marzo de 2015

El "cerebro de madre" (más o menos reciente): hechos

Viendo los comentarios en el post de La majara de la Biblioteca, y tirando de experiencia personal, parece claro que durante el embarazo andamos, en general, un tanto despistadas. Quizá no todas perdemos los papeles como yo aquel día, ejem, pero pasan cosas: No recordamos mucho de esa etapa, tenemos sueño todo el rato, a veces lloramos by the face... Muchas me habéis dicho que temíais quedaros "pallá" y que vuestras neuronas no volvieran a ser lo que eran. Y yo, ahí empática y amable, os contesté que sí que se recuperan. Lo que no comentamos es cuándo... porque una vez que el retoño is out vienen grandes cosas que no ayudan nada a la salud mental, como son: la falta de sueño, la falta de tiempo, el exceso de estrés, el exceso de cargas... Esas cosas tan bonitas que tiene la maternidad contemporánea. Viva y bravo.

Hoy el post va dedicado a nuestros cerebros de madre, pero no a sus prestaciones molonas, que las tiene, y muchas (eso lo dejo para otro post), sino a aquellos aspectos de mierda menos positivos (esos que merecerían presentar una hoja de reclamaciones, pero que como no sabemos dónde hacerlo, ni tenemos tiempo de ir, estamos como estamos... Esos).

  • Antes de ser madre usas agenda porque te mola el rollo, porque es bonito anotar cosas ahí con rotus y bolis de colores, y poner post-it y..., y porque, vale, es verdad que alguna vez se te ha olvidado algo. Pero en realidad tienes en mente casi todas las tareas pendientes, y muchas veces no necesitas revisar la agenda para acordarte de las cositas. 
  • Después de ser madre o anotas tu nombre en la etiqueta de tu jersey o también se te olvida. La agenda deja de ser un complemento para convertirse en una NECESIDAD, un disco duro externo imprescindible porque tenemos la memoria petadísima (y puede que hasta con algún virus asquerosón que te deja monguer). 
  • Nota: este aspecto del cerebro de madre es curioso, porque es verdad que se nos olvidan muchas cosas, o que andamos como pollo sin cabeza a ratos, pero por otro lado... ¡llevamos p'alante lo más grande! Así que podría decirse que el cerebro de madre es un cerebro que selecciona la información (a veces aleatoriamente, a veces con mala baba). Por ejemplo, el lugar en el que has puesto las llaves del coche, o el mando a distancia, es un dato al parecer no almacenable. El lugar donde tu chati puso su cinturón hace dos días lo recuerdas perfectamente. Cerebro, dime por qué. 

  • Antes de ser madre abrías tu armario y en "tres dos uno" (o "cuatro cinco seis", depende del día) veías la combinación de ropa ideal para ese momento, como en Una Mente Maravillosa: esta camiseta con esta rebeca, el pañuelo tal y los pantalones... uy, uy, uy, ¡qué mona! Eso era magia.
  • Después de ser madre esa mente es menos maravillosa, y tu culo tampoco está en su mejor momento (por el embarazo, claro, que si no hubiera sido por eso...), así que más que el prota de la peli, John Forbes Nash, pareces un gato delante de una tragaperras: ojos muy abiertos, mirando cada cosa con alucine y recelo, y lanzando la mano, de vez en cuando, para pillar, al vuelo y por azar, algún objeto. No voy a entrar en cómo creemos que nos queda la ropa tras ser madres, porque eso ya es de juzgado de guardia. Pero sí diré que ahí nuestro cerebro de madre también interviene, el muy cretinillo, jugándonos malas pasadas. I hate you a veces, my brain. Y a ti, oh culo culero... Bueno, ya hablaremos tú y yo, porque te voy a llevar a un sitio muy bonito llamado gimnasio.

  • Antes de ser madre salías cuando querías (más o menos), churrabas (más o menos), bailabas (más y más) y aguantabas las horas que hicieran falta. Aquí un diálogo ficticio para ilustrar la libertad pre-madre:
    • ¡Ponme otra, mamarracho! 
    • Es que vamos a cerrar, son las 6
    • Pues dámela en un vvvvaso de plássstico y calla. ¿Dónde vamos ahora, peña?
  • Después de ser madre no sales. Nada. Cero. Caca. Bueno, eso pasa sobre todo al principio, luego es verdad que una ya puede permitirse ciertos lujos, y un día, un día maravilloso, milagroso, mágico, especial, único, increíble... un día vas y quedas con tus amigos (o sales con tu churri, aunque eso ya es casi ciencia ficción). Te vistes, te pintas (o no, pero porque tú no quieres, no porque no tengas tiempo), sales, te ríes y te tomas la primera. Y entonces tu cerebro de madre, ese cachondo, se olvida de desconectar el "modo ahora eres madre, tía" y... 


Ay, el cerebro de madre, amigas: un cerebro como otro cualquiera, con sus ventajas y sus inconvenientes... pero sobre todo con sueño.

Beso de cerebro de madre ZzzZzzz 

lunes, 16 de marzo de 2015

La majara de la biblioteca, o "Locuras que hace una estando embarazada"

Si algún día váis (que tó pué pasá) a la biblioteca de Psicología de la Complutense de Madrid, quizá escuchéis una historia... Habrá quien diga que no es más que un rumor, una leyenda, un susurro que flota en el viento, un cuento, un mito, un murmullo entre libros... Pero no, fue real: un día una loca anduvo suelta por la biblioteca. Y la ordenó. 



Corría el año 2013, Julio concretamente. Jóvenes estudiantes se agolpaban en la fresca biblioteca de su facultad para resguardarse del solano maligno madrileño (sí, para eso, porque allí no estaba estudiando ni el Tato, ya os lo digo, que los ví y... ¡ay, qué juventud ésta!, perdón, que soy mayor y pierdo el hilo...). Pues eso, que la biblioteca estaba petá y se estaba fresquito.

Me acababa de llegar un paciente nuevo con una patología compleja y necesitaba consultar unos manuales, así que fui a la biblioteca de la facultad, porque al estar colegiada nos permiten sacar libros aunque no seamos estudiantes (ains, ¡qué bonito ser estudiante! me acuerdo yo que..., calla, que se me va otra vez). Así que allí me planté, con mis cuadernos, mi mochila y mi barrigota de súper-preñada. No os quiero decir cómo me miraban las criaturas estudiantiles. ¿Qué hará esta señora embarazada aquí? 

Consulté en el ordenador la ubicación de los libros que necesitaba, y me dirigí al estante donde se encontraba uno de ellos. Bien, allí estaba. Tomé el libro, lo ojeé, y sí, era lo que necesitaba. Hala, pa la saca. Pero justo cuando iba a darme la vuelta para ir a por el siguiente manual mis ojos se posaron en otro libro... ¡Maldita sea, ese libro está mal colocado! ¡Esa letra no va aquí! Ay, ay, ay. Tengo tatuado en la mente eso de que en las bibliotecas "un libro mal ubicado es un libro perdido", y tenía ante mí un pobre volumen al que alguien, un insensible, una mala persona, dejó en un sitio que no era el suyo. Ese libro estaba solito, triste sin sus compañeros de categoría, se le notaba mustio. Pero, ¿qué podía hacer yo? 

Cualquier persona normal, sana mentalmente, hubiera pasado tres kilos del asunto y se hubiera pirado. Yo lo intenté, pero según avanzaba por los pasillos se me venía a la mente ese librito perdido, y me mataba. Aquello estaba mal. Estaba mal. Estaba muy maaaaal.

Cualquier persona medio normal, medio sana mentalmente, hubiera cogido el dichoso libro y lo hubiera puesto en alguna de las mesas para que los bibliotecarios lo colocaran en su ubiciación correcta. Pero yo seguía pensando en ese libro... ¿Cuánto tiempo llevaría perdido? ¿Cuánta gente lo habría buscado y no encontrado? 

Cualquier persona ligeramente majara hubiera cogido el libro y se lo hubiera llevado directamente a la del mostrador y, tras refunfuñar un poco y soltar, quizá, una perorata sobre lo mal que está la juventud hoy en día, se hubiera pirado. Pero eso no serviría para nada... ¡a saber cuánto tardarían en devolverlo a su lugar!

Así que yo, una persona totalmente majara, sin control alguno sobre mi conducta por culpa del embarazo, cogí el libro y busqué su ubicación. Lo coloqué con primor, aplaqué mi locura embaracil y respiré tranquila. Pero entonces el drama se cebó conmigo: ¡al lado del libro que había colocado ví otro que también estaba mal! ¡Nooooooooo! Sudores.

Y ya todo me dió igual: empecé a ordenar los libros que veía que estaban mal colocados. Uno, otro, dale, toma, pim pam pum, hala. Y hablo en plural porque fueron varios. Estuve dos horas y pico en la biblioteca. Dos horas y pico en las que desaté la locura preñil más absoluta. 

Lo más bonito fue que, en pleno festival del desenfreno TOC (trastorno obsesivo compulsivo) versión embarazada, me percaté de que había dos señores bibliotecarios con sus carritos colocando libros (vamos, haciendo su trabajo).

Cualquier persona con un poco de integridad y quizá algo de dignidad, siendo consciente de que había perdido el juicio, hubiera parado. Pero esa no sería yo, no. Yo seguí con mi cruzada por una biblioteca ordenada, eso sí, escondiéndome por los pasillos, escabulléndome entre las estanterías, ordenando a diestro y siniestro en modo "ninja chalao" para que aquellos señores no me pillasen. Sonaba la banda sonora de Misión Imposible en mi cabeza. Veía la camisa de fuerza en mi futuro.

Salí de allí satisfecha porque encontré los libros que necesitaba y porque, tras de mí, dejé un montón de libros colocados donde siempre hubieron de estar. Pero también salí preocupada por mi cordura, así que llamé a una amiga para confesarle mi aventura majara. Ella también debe estar mal de lo suyo porque aunque estuvo riéndose media hora de reloj (y aún hoy se ríe cuando lo recordamos) me dijo que ella, secretamente, también hizo alguna locura durante su embarazo. 

Así que sí, niños, no es un cuento de estudiantes fumetas: hubo una loca en la biblioteca de Psicología de la Complu... Y esa loca era yo.

Y es que en el embarazo parece que nuestro cerebro deja de funcionar, o peor, que lo hace como le da la gana. ¿No os ha pasado? ¿Qué locuras hicísteis estando preñadas? Alguna haríais, ¿no? Decidme que sí!!!!

Besos de la loca de la biblioteca. 

jueves, 12 de marzo de 2015

Una propuesta sencillica: 7 días para molonear tu relación

Hoooola! A esta entrada tenía que haberla llamado la "entrada milagro", porque con la semana que llevamos en casa es, efectivamente, todo un acontecimiento el que haya podido sentarme y hacer el monguer escribir. Y es que si hay algo inherente a la paternidad/maternidad es la pérdida total del control sobre el tiempo de uno. Es acojonante.

Pues es que andaba yo reflexionando sobre esto de la falta de tiempo y su impacto a nivel parejil, y se me ha ocurrido que estaría bien hacer posts sobre las relaciones de pareja. Porque no todo va a ser sexo en esta vida, ejem, jarl, cof cof, guiño, guiño... Pues eso. Y hoy empiezo con...


Cuando nos convertimos en papis suele pasar que una de las áreas que dejamos un poco de lado (por aquello de que la vida da para lo que da) es la pareja (insisto, no hablo de temas de cama, hablo de relación amorosa, oh polluelos). Y eso es caca, porque si encima de que no dormimos un carajete, si comemos tarde y mal, si vamos de cabeza con todo, lo que no podemos es permitirnos el lujo de perder el soporte, el "casa", el equilibrio y refuerzo (a muchos niveles) que nos da la pareja. (Para aquellos que sean papis/mamis solteros/as este post como que no, pero ya haré otro para ellos/as, ¡no preocuparse, my friends!)
Es precisamente por este motivo, por el estrés y la carga que implica la paternidad y su impacto en la pareja, por el que NO DEBEMOS dejar abandonada a su suerte a nuestra pobre relación. Hombreeeee, que es frágil, que hay que mimarla, angelico. Aunque nuestra pareja vaya bien, sea sólida, nos queramos (incluso mucho), y esas cosas bonitas y no aptas para diabéticos, siempre conviene "echarle leña al fuego del amooooor" para "mantener viva la llamaaaaa, la la laaaaaa" (madre mía, ¡mira que es difícil hablar del amor sin caer rápidamente en modo Danielle Steel! Espero que no os den arcadas sabor caramelo).

Bueno, vamos a la enjundia: Hoy os propongo un reto, unos deberes sencillicos, un ay ay ay molón, un ejercicio para aumentar el primor parejil, aunque ya estemos bien...Porque, lo digo otra vez: ¡¡¡No hace falta estar mal para trabajar en nuestra relación!!! De hecho lo suyo es currárselo todos los días para evitar joderla que se resienta.

Entonces qué, ¿os apuntáis? 7 días, una pareja, una mami psicóloga bloggera majara que os pide que hagáis cosas... tarantantantantatatarantán (melodía en plan Gran Hermano, por ejemplo).

¿Pero qué dices, Psicópata Psicomami, si no tenemos tiempo ni de cagar ver una peli? Pues se puede, porque no os voy a pedir que hagáis chorraditas excepcionales, son cosas que ya hacéis todos los días. Tachán. Vamos, que no hace falta llenar la cama de pétalos de rosa, que eso está muy antiguo y además luego hay que recogerlo (quita, quita, lo que nos faltaba, andar barriendo pétalos dos horas, o peor, que luego te encuentres al retoño pétalo en boca ñam ñam).

Hablo de dedicarle unos minutos de ná al día, amigos, ¡así que se puede! 
(Chaqueta Metálica mode on)
Dicho esto, voy a explicar concretamente en qué consiste el asunto: Vamos a jugar al "PILLA-PILLA PAREJIL" (no me digáis que no os mola el nombre, que llevo dándole vueltas toda la mañana para que no fuera toffee semántico).
La receta es sencilla, tomad nota:
  • Ingredientes: una pareja (con sus dos miembros, no vale que participe uno solo, ahora veréis por qué), dos papeles y dos bolis (si hay crisis podéis usar un mismo boli, venga, no pasa nada). O sea, nada que no tengamos todos en casa (tranquilos, esto no es Bricomanía).
  • Instrucciones
    • Se trata de que durante una semana estéis ATENTOS para pillar (de ahí el nombre -guiño, guiño-) las cosas que haga vuestra pareja que os molen. Es hacer lo mismo de siempre pero fijándonos en cuáles de esas cosas que hace nuestro compi nos resultan agradables. Pueden ser detalles como que prepare zumo por las mañanas, su forma de cepillarse el pelo, el beso que nos da antes de salir de casa, que se acuerde de comprar el pan, o cómo le habla al peque cuando cree que no hay nadie delante... Esas cosas mundanas pero estupendas.
      • Ojito: que sean cosas que presupongamos que el otro LAS TIENE QUE HACER no quita que nos resulten agradables. Ejemplo: imaginad que hemos pactado que él pone el lavavajillas, bien, pues que sea su "obligación" no quita que me resulte guay que lo haga. ¿Se pilla el concepto? Vamos, que no vale dar por sentado que como le toca hacerlo eso ya no tiene mérito (pensad que podría no hacerlo si no quisiera...).
    • Cada día anotamos en nuestro papel (cada uno el suyo, y de manera secretita) AL MENOS UNA COSA que haya hecho el otro y que nos haya gustado. Pongo un mínimo, pero no un máximo, así que...
      • Seguro, seguro, seguro, que en todo un día podemos encontrar algo que nos haya gustado, por pequeño que sea, ¿verdad?
      • En caso de que no encontremos nada, que tó pué pasá, el mundo es grande y raro, podemos sugerirle cosas para el día siguiente, con amor y sin odio, pero sobre todo con amor... Porque si le dices algo del tipo  "Pedazo de mamón, no he podido anotar nada porque das asco y no tienes nada que me guste" igual el muchacho decide no hacer nada al día siguiente o, de hacer algo, lo que hace es pedir el divorcio.
    • Y al final del día, en dos minutos (no se tarda más), os sentáis (o de pie, o en postura de flamenco, a elegir por el usuario) y os váis diciendo, por turnos, lo que os ha gustado del otro en ese día. 
      • Importantísimo: tenéis que pactar que váis a hacerlo lo dos, porque está muy feo que llegue uno con su primor y su lista apuntada al detalle (hecha con rotus de colores, corazones y purpurina) y el otro lleve un Kleenex usado en la mano y no haya anotado ná. Así que antes de empezar la actividad aseguraos de que el otro está a tope también (lo mejor es que se lea el post y se deje de chorradas, hombre ya). 
      • Cómo hacerlo chupimente (esto es para nota):
        • Mirando al otro a los ojos mientras le decimos lo que nos ha gustado
        • Agradeciendo (como queráis y más os guste) las cosas que el otro nos dice (besito, caricia en la pierna, un "Ay-suspiro-guiño"...)
        • No interrumpiendo mientras el otro habla (un poco de educación, niños)
        • No poniendo "peros", como cuando te dicen: "Hoy estabas guapísima" y tú respondes "¿Sí? Pero si yo me veo asquerosa, gorda y sin gracia". Para decir eso ¡CÁLLATE!, que le quitas las ganas a uno de decirte ná. ;) Hay que aceptar ("comprar" lo llamo yo) los halagos del otro, sin peros, sin comentar... Escucha, compra y no pongas pegas.
Bueno, eso es todo. No es complicado, ¿verdad? Sólo implica estar un poco ATENTO en el día y dedicarle dos minutos por la noche, vamos, que se puede. Y de verdad que mola, os lo juro: que nos recuerden lo que hacemos bien nos gusta a todos, ¿no?  
La clave secreta del ejercicio es que favorece que estemos atentos a los aspectos positivos del otro, en lugar de los negativos (porque recordarle, por la que hace catorce, que no ha bajdado la basura ya lo sabemos hacer muy bien, ¿no?) 
Pues hala, polluelos, tenéis 7 días por delante para hacerlo. ¿Os animáis? Contadme... ¿váis a jugar al pilla pilla? #pillapillaparejil

Besos de madre terapeuta de pareja bloggera

viernes, 6 de marzo de 2015

El mono imitamonos: versión evil

Como ya sabéis, Migordi va a la guarde desde los once meses. No puedo decir con exactitud qué parte de las destrezas que va adquiriendo, de los "conocimientos", son de la guarde y cuáles de casa... Quizá muchos los establezca en casa (le damos marcha) y los refuerce allí, no lo sé, la verdad. 

Lo que sí que sé es que hay cosas que yo no le he enseñado, que Mimaromo no le ha enseñado, que los abuelos (agradecemos el esfuerzo) no le han enseñado... Entonces, ¿de dónde carajo vienen? 

Más allá de lo que dice la ciencia (hoy me la paso por...), tengo mi propia hipótesis:

Intercambio de apuntes. Ya a una temprana edad.

Queridos retoños, copón, si váis a intercambiar apuntes, oh primores míos, ¡hacedlo de las cosas buenas! ¿Qué os cuesta?

En realidad no sé si esto es verdad, o es que me puede el humor, lo que sí sé es que tengo unos amigos a los que quizá les gustaría dejar a su criatura un ratico con el santo-bebé de mi vecino, por si acaso se le pegara algo...

Nota de la autora: He de confesar que este post está basado en experiencias de amigos, en observación del medio natural (y en la guasa más absoluta), porque, la pura verdad es que con Migordi nos tocó la lotería, y aunque tiene sus cosas (que las tiene: ya ha empezado a medirnos a ver hasta dónde puede llegar, a veces es protestón, etc.) en general es un niño muuuuy bien llevado. Ahora bien, lo de meternos el dedito a su padre y a mí en la nariz para despertarnos, eso se lo ha tenido que contar alguien... Cuando lo pille se va a enterar (yo creo que ha sido el rubito de su clase, que tiene cara de rasputino).

Besos de madre
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