miércoles, 30 de marzo de 2016

La noche nos confunde

No sé a vosotras, pero a mi la maternidad me ha hecho coger "un poco de carrerilla" con esto de "hacerme mayor". No es que ahora sea una "señora" (en serio, gentes de bien, no nos llaméis así), pero algo sí que he cambiado o mutado, o evolucionado, o madurado, o yo qué sé.

Nos hacemos mayores, niñas. Lo vas notando en ciertas cosas, detalles que ahora te molestan (casi todo), cosas ya que no te molan nada como antes... Pero si hay una situación que te lleva, de cabeza, a darte cuenta de este hecho es volver a salir de copas tras el letargo mamístico ojeroso.

Si no me crees, haz la prueba, verás qué risa. Prepárate para un viaje alucinante, para flipar mucho con la humanidad. Es toda una experiencia. Si pensabas que te ibas a encontrar el patio tal y como lo dejaste la última vez, despídete, porque no: ni el patio es el mismo, ni tú tampoco. En realidad eso no es ni bueno ni malo, es... la vida (tooooma ahí profundidad reflexiva).

Cuando una sale de copichuelas tras meses/años, sucede una cosa muy bonita, y es que te posee el espíritu de tu abuela. Pillarte cuestionándote alguno de estos puntos es signo inequívoco de que "te has hecho mayor" (jojojo):
  • La ropa de la peña: ¿Cuándo ha cambiado la moda tanto? ¿Por qué la gente viste raro por la noche? El padre de un amigo, cuando veía a alguien joven "con pintas" (que no eran pintas ni ná, un joven normal, vamos), decía: Y éste, ¿por qué protesta? Siempre me hizo mucha gracia la expresión, y siempre pensaba "Jo, cómo son los mayores de coñazo con lo de la ropa". Ahora me doy cuenta de que la mayor soy yo, porque... ¿Por qué protesta esta gente? Shit! Es posible que hasta te descubras pronunciando la siguiente frase: "Si es que parece que van disfrazados". Hala, y tan a gusto que te quedas, porque es que hay que ver cómo van... 
  • Las costumbres populares, como estar horas y horas de pie en un bar. ¿Por qué no ponen unas sillitas o algo? ¿Por qué el sector de la hostelería nocturna está tan en contra de la comodidad? O  por ejemplo, vagar por las calles eternamente en busca de un local. ¿Qué hay de divertido en eso con la rasca que hace? "Yo conozco uno cojonudo -piensas-, mi casa.
  • Los precios: ¿Estamos locos? ¡Esto es un robo! (Y bueno, cruza los dedos para que no te hayan colado garrafón, porque si no mañana sí que vas a vivir una "fiesta", en el wc, claro). Si además te pillas haciendo cábalas de cuántos pañales se pueden comprar con lo que cuesta una copa, ya apaga y vámonos. En serio, vámonos a casa. 
  • La música: Una cosa muy bonita que pasa cuando eres madre es que tu playlist diaria contiene grandes éxitos como "El barquito chiquitito", "Los patitos", o las canciones de cabecera de las series de dibujos animados favoritas de tu hijo (Ya está aquí, ya llegó, la patrulla caniiiiiinaaaaa). Y claro, eso no es lo que pinchan en las discotecas. Quedarte atrapada pensando ¿Y este que canta quién es, y por qué es tan mala la canción? es la monda. (En este punto he de reconocer que eso me ha pasado un poco siempre porque no soy de gustos musicales especialmente populares, pero si a eso le sumas la banda sonora actual de mi hogar, ya me tienes fuera de bolo del todo). 
  • La falta de confort en los atuendos (sí, el hecho de que use la palabra "atuendos" ya me catapulta a la senectud directamente, lo sé): Asúmelo, es posible que en tus tiempos mozos fueras capaz de estar en minifalda (sin medias) a las 4 de la mañana de un 15 de enero, y aguantar con tus tacones inmutablemente las horas que hicieran falta, pero eso ahora te parece una locura sin sentido. ¿Dónde están mis leggins, dóndeeeeeee? (Los leggins: esa prenda a la que le dediqué una oda)
  • La fauna (y a veces también la flora) de los locales: tampoco hay mucho más que explicar. Ni National Geographic ni ná, sal de noche y verás especímenes y comportamientos verdaderamente increíbles. Eso sí, te llevará a preguntarte si cuando tú salías habitualmente la cosa era también así, o si es que el mundo se ha vuelto loco. Reflexionemos sobre ello. 
Cuando eres madre, y estás ahí en el bucle del día a día (que pasa, a todas nos pasa aunque sea un poco), eso de salir de noche se convierte casi en una misión a Marte: por lo que cuesta llegar, y porque cuando lo consigues por fin, resulta que te sientes como rodeada de extraterrestres.




La verdad es que es la mar de entretenido. Salir tiene sus cosas buenas, y hacerlo de vez en cuando no está ni mal, aunque a veces sea raro o te sientas "fuera de lugar", que puede suceder. A mi, si os soy sincera, arrancar me cuesta arrancar, pero una vez que estoy en la calle... ¡lo doy todo! (las tres veces que he salido, jojojo)

¿Os ha pasado esto? ¿Cómo han sido vuestras salidas de marchuqui tras la maternidad? ¿Hasta qué hora habéis aguantado? ¿Os apetece una noche loca, o ya no tenéis ganas?

Besos de madre.

PD de paz y amor: Que no se me tire nadie al cuello que no estoy diciendo que las mamis seamos unas carcas, ojito cuidao ahí. ¡Con lo guays que somos las madres! -¿Se sigue diciendo eso de "guay", o ya está desfasado? ;)-

lunes, 28 de marzo de 2016

Planificador de menús (por necesidad post vacacional)

No sé vosotras, pero yo me he puesto muy muy hasta arriba de todo estos días de vacaciones. ¡Maldita (y deliciosa) repostería semanasantera! Aunque no han sido sólo dulces lo que he engullido satisfactoriamente esta semana, que aquí mi querido padre se ha marcado unas migas supremas y unos guisos de toma pan y moja, literalmente. Cierto es que no ha sido de los peores/mejores años, jejeje, pero anoche estaba ya tan saturada que cené una ensaladita por pura necesidad estomacal. 

Así que me he levantado decidida a ponerle remedio a los desfases gastronómicos, pero como con la maternidad eso de programar menús (y lograr llevarlos a cabo) no es fácil, me he vuelto muy loca imprimiendo los planificadores de comidas que hice en septiembre. Ahora toca mirar los menús del peque en el cole, pensar los de casa que complementen, apuntar la lista de la compra... Sí, suena fatal, pero en verdad luego te alegras porque se ahorra tiempo y dinero (palabrita). 

Os dejo el enlace de descarga aquí abajo por si también os viene bien un poquito de orden (o al menos un intento de) a nivel gastronómico. 



Y tú, ¿te has puesto fina en Semana Santa? Jejeje

Besitos de madre con ansia de verduras

jueves, 17 de marzo de 2016

Día del padre

Fíjate que no he sido yo nunca de celebrar estas cosas, al menos no siendo ya adulta, en el cole era otro cantar, con tanta manualidad por regalar, jejeje, pero este año estoy de un tierno que tira p'atrás, y no me he podido resistir. 

Porque no imagino a nadie mejor con el que compartir (y disfrutar) esta aventura
Porque eres un padre "genialoso"
Porque verte en esta faceta me hace morir de amor (instantáneamente, además)
Porque eres la pera, moreno
Porque...



Es que estos papis son lo más, porque a parte del amor supremo, del apoyo, de todo... a parte de eso nos proporcionan grandes momentos de comedia, y eso, cuando tienes más sueño que una camada de gatitos, no está pagao.

Son muchas las anécdotas que recuerdo con risa en el alma, pero hay una en especial, que hace que se me salten aún hoy los lagrimones (paso a relatarla con permiso de Mimaromo):

Llego un día a casa de la consulta, y me encuentro a mis dos amores en el sofá. Mimaromo estaba a punto de cambiarle el pañal al peque. En ese momento me viene el flash de que esa tarde, antes de irme, se habían acabado las toallitas. Se lo digo a Mimaromo, y me contesta: 

  • No pasa nada, antes he cogido las  que tenías en el baño, las de manos, y van genial
  • ¿Las de manos? Yo no tengo toallitas de manos... 
  • Sí, las del paquete azul y blanco
  • ¡¡¡¡Esas son toallitas desmaquillantes!!!! Jaaaaajajaja ¡¡¡Pero si lo pone claramente en el paquete!!!
  • Ah, yo es que he leído "Pieles sensibles" y he dicho "Estas mismas". Pues que sepas que limpian cacotas fenomenal. Puedes llamar a la marca y decirle que añadan otra utilidad
Os lo juro, casi me caigo de culo de la risa. Desde entonces ese día es recordado como el "Día en el que le desmaquilló el ojete al peque". Lo adoro. 


¿Os han pasado cosas así? ¿Algún despiste paterno jugoso? 
Son momentos impagables... 


En fin, que como os decía, estoy muy sensible, así que me he venido arriba de mala manera.

PD: Esto no va de hacer regalos, pero si quieres tener un detallito con el padre de tu/s criatura/s, te dejo el enlace para descargar "Unos vales-regalo molones para papis" (que incluyen, por ejemplo, dormir un día hasta las tantas, elegir programa en la tele... cosas bonicas). ;) 


Un besote de madre afortunada.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Y pasarás vergüenza

Al convertirnos en padres son muchos los aspectos de nosotros mismos que cambian: mayor tolerancia a la frustración, a la falta de sueño... Sí, donde tú creías que estaba tu umbral, tu límite infranqueable, allí va tu hijo y se mea. Pero bueno, supongo que estas cosas nos hacen ser mejores (yo por lo menos así lo veo). 

Otro de los umbrales que destruirá tu maternidad, que pulverizará, que se quedará corto rápidamente, es el de la vergüenza. Si antes te daba todo el corte descubrir que te habías manchado la camiseta estando en la calle, ahora una mancha, o dos, te parecen tan poca cosa, tan meimportaunpimientismo, que ni te inmutas y sigues tan pancha.

Pero lo cierto es que la maternidad trae consigo grandes momentos de vergüenza total, de "tierra trágame, y hazlo rápido", todos obra y gracia de nuestros retoños. Lo bueno es que, como decía, uno se acostumbra y se hace impermeable al ridículo, o al menos lo intentamos, ¿no? Porque aunque pasemos vergüenza también hay que reconocer que luego uno se ríe (luego o en el momento, depende del caso, jajaja).

Ilustraré este hecho con una situación real, protragonizada por mí misma cuando tenía unos cinco años (no recuerdo bien la edad, la verdad, pero seguro que mi madre sí que lo sabe, segurísimo, fecha, hora, clima, todo). 

Corría el año... digamos 86, una madre acude a la pizzería de un conocido, con su pequeña y pizpireta hija, y su bebé recién nacido -el señor marido estaba a punto de llegar del trabajo, y le esperarían allí-. Ocurre que, sentados en la terraza (terraza que ese día primaveral y estupendo estaba llena hasta la bandera), en pleno "dar el pecho al peque", a la pequeña le entran ganas de ir al baño. 
  • ¡Me hago caca, mamá!
  • ¿No puedes esperar un poquito? 
  • ¡Nooooo, me hago cacaaaaa! 
  • Si esperas un momento voy contigo, pero tienes que... 
  • ¡Me hago caca! -la niña tenía las ideas, a nivel de esfínteres, bastante claras-
  • Pues cariño -dijo amorosamente y repleta de paciencia, como sólo una madre puede hacerlo-, ve tú, que ya sabes dónde está, que yo ahora mismo no puedo porque está tu hermanito comiendo
  • ¡Vale! 
Esa madre no sabía que aquello iba a ser el principio del fin, del fin de la dignidad, claro. Siguió dando el pechete a su retoño, centrada en su carita, en su boquita... ¡qué bonito!, cuando de pronto escuchó un desgarrador grito proveniente de la entrada del local, situado a unos cuantos metros de la terraza (insisto, repleta) donde se hallaba. 
  • ¡Mamaaaaaaa! ¡He hecho mucha caca y no hay papel, y además el cuarto de baño está asqueroso! 
Esa madre, con gotas de sudor frío bajando por su espalda (y su alma), alzó la cabeza para comprobar, con pasmo absoluto, que efectivamente era su pizpireta hija la que había emitido tal perla. Y no sólo eso, sino que para más jolgorio, la buena chiquilla estaba ahí de pie, en la puerta de la pizzería, pantalón y bragas en los tobillos gritando con los brazos en alto. 

Dos milésimas de segundo después, estando la madre aún en shock, apareció un muchacho, camarero del local, rollo de papel higiénico en mano y la cara roja como un tomate, el cual, ubicado tras la niña, se dirigió a toda la terraza para informar de dos puntos: el baño estaba siendo limpiado, y el papel higiénico había sido repuesto. Acabó su frase con un "Señora".

Pues bien, el Karma, ese cachondo, ha querido devolverme esta y otras situaciones con mi maternidad: ahora me toca a mi disfrutar de la vergüencita que a veces nos hacen pasar los retoños. Os cuento dos ejemplos (de los mil que ya tenemos) más o menos recientes: 
  • Hace unos meses, cuando aún Migordi no hablaba pero empezaba a decir sílabas a lo loco, estábamos en el ascensor con dos vecinas ya mayores. El niño iba con su charla "menudilla", "Pa", "Ma", etc. para deleite de las señoras, que lo miraban embobadas y comentaban "lo rico que estaba el chiquillo". "¡Qué guapo y qué majo!", dijo una, y acto seguido ese pequeño y adorable ser, unió dos sílabas así mágicamente, y las tres pudimos escuchar, alto y claro, cómo de su boquita salía un "PUTA". Fenomenal. Afortunadamente a las buenas mujeres les dio la risa y yo pude descojonarme, relajarme, pasar el trago, no sufrir salir de aquello "bien".
  • El otro día, camino al cole con su padre, mi querido hijo no tuvo otra cosa que hacer que pararse en mitad de la calle, a la altura de la puerta del centro de salud que hay al lado de casa (abarrotado), y mano en culo, empezó a gritar "¡Pedete, pedete!" muerto de risa. He de decir, en su defensa,que aquí los responsables del momentazo somos nosotros, que le hemos dicho lo de "pedete" mil veces muertos de risa, y claro, pasa lo que pasa.
Estas cosas, si os soy sincera, me importan muy poco, es más, me hacen mogollón de gracia. Supongo que sí, que mi umbral de tolerancia a la "fatiga" ha cambiado. Eso es la maternidad, y me parece estupendo.

¿Te ha pasado algo así? ¿Has vivido ya momentazos de estos de "tierra trágame" (pero qué risa) con tu/s hijo/s? Y de niña... ¿hiciste pasar vergüencita a tus padres alguna vez? Estoy segura de que sí, es como muy inevitable, jajaja.  ¡Cuenta, cuenta!

Besitos de madre con poca vergüenza

lunes, 7 de marzo de 2016

Diógenes no era una madre

El síndrome de Diógenes. Supongo que todos estamos familiarizados con el concepto, pero por si acaso lo refresco rápidamente y de manera un poco informal: básicamente consiste en acumular objetos como si no hubiera un mañana, objetos que no usas y que no usarás, además, pero que consideras necesarios o que crees que te hacen feliz (unido a un aislamiento social, y muchas más cosas, pero no voy a entrar en detalle). En su versión realmente patológica es un tema serio, pero sin llegar a eso (no por favor), no vamos a negar que todos acabamos acumulando una cantidad absurda de cosas a lo largo de nuestra vida.

Pero sudece que desde que soy madre me he dado cuenta de que eso de acumular no es factible, ni viable ni ná, por dos sencillas razones, a saber: a) Mi piso no es como el bolso de Mary Poppins, y b) un bebé (y posteriormente un niño) no trae un pan bajo el brazo, lo que trae es un Kit Comansi infinito de complementos y cosas. Si sumas estos dos factores, rápidamente verás que las cuentas (en metros cuadrados y cúbicos) no salen. 

A este hecho hay que añadir otra variable, que llamaremos "atenuante": tener cosas en sí mismo no es letal, quiero decir, que si tienes espacio, bueno, allá tú, el problema extra es que esas cosas se ponen en sitios (de ello se encarga principalmente tu pequeño retoño, porque eso de "reubicar"es una actividad a la que se entregan sin dudar), es decir, HAY QUE RECOGERLAS. Y ay, amiga, eso ya son palabras mayores. 

Pues en estas movidas andaba pensando yo, en Diógenes...

¿Por qué se llama Diógenes y no Diógenas (a parte de porque no existe, claro)? Porque si este señor* hubiera sido una mami, créeme, no hubiera acumulado tanta cosa. Lo que me gustaría saber es qué opinaba la suya (su madre) de todo esto. Me imagino la escena: Corría el año cuatrocientos y pico a.C., en una casa en... pongamos Atenas (hoy en "Me invento la historia": ¡Lapsicomami!). Una mujer entra en el cuarto de su hijo y se encuentra con una estampa que se le corta hasta el café que se tomó a las 10. 
  • Diógenes Alfredo, ya estás cogiendo una bolsa y metiendo todo lo que no uses, que lo vamos a llevar al punto limpio de Atenas. Un día nos comen las cosas en esta casa, ¡nos comen!
  • Pero mamáaaa, ¡qué yo necesito todas estas cosas!
  • ¿De verdad? Esta toga que te tuve que comprar porque "todos tus amigos la tenían" y que no te has puesto ni un sólo día... ¿de verdad "la necesitas"? Hala, recogiendo y pal punto limpio. 
Un tema. Así que creo que unido a la maternidad se da en ocasiones un frenesí, un ansia viva, un yo qué sé, por tirar/reciclar/donar cosas, un amor por la no acumulación, un gusto por el minimalismo vital. Eso o acostumbrarte a vivir rodeada de cosas, ojito, que también se ha dado el caso (a ver, qué remedio, si no tienes tiempo ni de ponerte a deshacerte de ná, pues hala, aprendes a vivir con ello y tan ricamente, jejeje).


Y vosotras, ¿os gusta deshaceros de cosas o seguís acumulando ahí con alegría? ¿Cuántos armarios necesitamos en realidad en una casa? XD

Besitos de madre con afán de despejar. 

* Diógenes, el de verdad, el filósofo, en realidad nunca acumuló cosas, y de hecho promulgaba todo lo contrario. ¡Qué curioso!
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